miércoles, 7 de abril de 2010

Lamentablemente

Mis publicaciones de los días miércoles han sido canceladas momentáneamente debido a que el servicio de internet en mi casa fue cortado por razones técnicas de la empresa que lo provee.

Por ello es que me estoy conectando solo cada varios días para revisar mails.

Saludos
Carlos Picco

miércoles, 17 de marzo de 2010

Intermitencias

Sentarse a escribir parece ser a veces un acto irresponsable. Uno se excusa de si mismo para tomar en el texto una otra cosa, o incluso si escribe sobre si mismo, pues tomaría una posición segunda. En contraposición de esto que yo mismo propongo, y por ende entonces en contra mía, me animo a decir que cuando uno escribe no hace más que, ya lo dije en otra parte, escribir sobre si mismo, revelar el teatro delirante que lo sostiene, ese a veces aparentemente compartido con todo un grupo de amantes sociales. Adivinen ahora la estructura, vayan a la letra y encuentren los modos de gozar y las vías del deseo. En el texto queda inscripto con sangre el nombre olvidado del autor. 

"GANAMOS" reza un afiche por estos días en las paredes de Córdoba. Más abajo, "El Secreto de sus Ojos - Ganadora del Oscar a mejor película de lengua extranjera". ¿Ganamos? ¿Qué ganamos? ¿Quién gano? ¿Campanella? Seguramente para el director, los productores y los actores habrá sido un orgullo este premio, vaya a saber uno porque, ¿para quien más?

Cuando el personaje de Francella revela en el bar su descubrimiento respecto de las pasiones, la escena en la que se expone como un borracho y peleador, en la que expone al personaje de Darín como un amante cobarde y luego al perseguido asesino por su rasgo fanático, reivindica para la película el tema que será hilo conductor, eso que hace el sujeto toda la vida, desde que es hablado por Otro, desde que se ubica frente a ese enigmático Otro para preguntarse qué quiere de él. Eso que hace, esa pasión, esa repetición. Allí esta la singularidad de cada sujeto, uno a uno, imposible hacer una serie con eso, y allí también encontré la singularidad por supuesto de quien escribió la historia luego traspolada al cine. Pero es una época y una sociedad que prefiere decir nada y esperar a que la hablen, este punto está destinado con suerte a molestar desde el olvido. Verdaderamente si esta película tiene algo de valioso es la lengua absolutamente extranjera a este afiche tan argentino.


viernes, 5 de marzo de 2010

Carta a un amigo (*)

Recorriendo espejos
y las charlas hermano,
vos sabiendo lejos,
yo tan cerca de los dos

Me pregunto hermano
cómo estás? si estás mejor?
pienso en esos días
y en la voz que nos cantó

Sigo caminando
y me acuerdo de los dos
me parece que ando flojo
hay que seguir que lo parió

Un poco de miedo
puede endurecer la piel,
algo de nostalgia
por sabernos iguales

Me pregunto hermano
si algún día vos sabrás,
está escrito en el viento,
se te extraña por acá...

está escrito en el viento,
se te extraña por acá...

está escrito en el viento,
se te extraña por acá...


(*) Canción dedicada a mi mejor amigo, que actualmente vive en Guadalajara, México.


 



miércoles, 3 de marzo de 2010

Enojados

Argentina... es muy difícil escribir sobre mi país, para mi es muy difícil por lo menos. Cada vez que lo he intentado fracasé, que no es lo mismo que decir que lo que escribí no se publicó o que por lo menos no llegó a obtener cada texto su punto final. Pese a ello mis disconformidad fué patente, hasta el punto de pensar a veces que solo escribía mentiras, infamias.
Encontré en cada ocasión comentarios que apuntaban a marcar ya sea la mirada contraria, ya sea mi falta de conocimiento sobre cierto tema tratado, o que criticaban tratamiento estético que había dado al texto. Y cada vez, cada uno de esos comentarios tenía un valor idéntico al de mi texto. Desconozco si las personas que respondían eran también escritores, si habían publicado lo propio, pero eso no tiene nada que ver, no todavía. Interpretaba cada uno el texto a su manera. También hubo comentarios de elogio. Aunque después de un tiempo he pensado que si hubiera suficiente interés y las posibilidades materiales lo permitiesen quizás habría obtenido 40 millones de críticas.

Argentina... Argentina como lugar, como espacio, dotado de todos los favores de la naturaleza. Minerales, tierra fertil, petróleo, agua, lluvia, nieve, mar... Como espacio geopolítico concentrando al 80% de sus ciudadanos en cuatro ciudades y quizas por ello el mapa de las redes sociales sigue tan vacío como hace 200 años. Internet probablemente haya ya cubierto todo el país, pero los argentinos están muy lejos de ser todos argentinos.

Argentina... Argentina como historia, confusa, golpista, presidencialista, mesiánica en todos los ámbitos, vivos y pelotudos, poetas del horizonte, feudos amantes de la esclavitud. La dignidad del campo tiene tanto valor como la honestidad de la ciudad, ninguna. Son certezas, son delirios, uno tras otro cada vez mas errados, cada vez más burdos y absurdos, los mios.

Científicamente, por alguna razón, generamos mentes brillantes, eso creemos, pero tampoco son tantas. Si, las que surgen se van y entonces las conocemos, pero siempre ha sido así en todo el mundo. Nos sorprende escuchar que en el CERN (Francia-Suiza) hay uno o dos argentinos, pero son tres mil personas trabajando, no cinco!!!
Las potencias se llevan a los brillantes, saben aprovechar su luz.

Poéticamente, deportivamente, en los demás ámbitos académicos... Muchos han dicho que para que allá un desarrollo debe existir necesariamente un subdesarrollo. El sábado alguien mencionó que los países europeos son pujantes porque se han dado la cabeza contra la pared varias veces, porque han sufrido mucho y todos juntos, porque son pueblos que tiran hacia el mismo lado. Pues yo digo mierda, mierda con todo eso, no es así. Hay rasgos, seguro. Alemania es ordenada, Francia romántica, Italia seductora y pecadora, Suiza exacta. Pero de ahí a pensar que "todos tiran hacia el mismo lado". Muy lejos estoy de explicar algo. Los argentinos somos 40 millones de especies diferentes? No, tampoco. Hay un egoísmo y una indiferencia muy grande que nos atraviesa. He ahí quizás el rasgo? Para la queja y la opinión encajamos como guante, pero a la hora de la acción real es poco el polvo que levantan las palas.

Inglaterra es irreverente, Inglaterra es parte del imperio, Inglaterra va a sacar petróleo de nuestra base marina, Inglaterra nos ganó Malvinas, Inglaterra esto y lo otro, Inglaterra no es Argentina y eso es seguro. Si quisiéramos hacerle frente (si quisiéramos bien digo, pero nadie quiere), nos aplastaría como a un mosquito que acaba de picar. Reventaríamos dejando un manchón rojo, nada más.

Yo quiero? Acaso quiero tomar un arma que no se manejar y meterme en un quilombo que poco tiene que ver conmigo? Acaso los soldados yankees quisieron meterse en la segunda guerra mundial? Realmente poco tiene que ver conmigo? No lo se, soy otro quejón.

Argentina, 200 años, que complicado escribir sobre la diversidad. Me parece casi imposible, se trata de criticar a la critica, puede que la diferencia esté en las chances constructivas, en los disparadores, pero quién lee todo el texto? Nuestras batallas se libran solo en los campos en los que sabemos que podemos ganar o en aquellos en los que las pérdidas no son nunca un manchón rojo. Grandes criticones, que más es este texto? Grandes apalabradores, encantadores de hormigas. A las serpientes y a los leones ni nos acercamos.

Promiscuos criticones, estériles cobardes.

 
 

miércoles, 24 de febrero de 2010

Harvey Pekar

"Hey Joyce, that was the doctor. He said i was all clear..."

La frase pertenece a la película American Splendor, film estadounidense independiente del año 2003, dedicado retratar la vida de Harvey Pekar (todavía vivo), personificado aquí por Paul Giamantti. Este hombre, negativo como pocos, gris, un fracasado quizás, que distribuye su tiempo entre su trabajo como archivador de historias clínicas en una dependencia de salud y la lectura, comienza en 1976 a publicar una historieta homónima a la película en la que de forma por demás ácida relata su día a día, con los personajes reales que van surcando su vida.
Me han llamado la atención algunas cuestiones del film. En primer lugar ubico un relato que hace Pekar hacia el final de la película, quizás lo recuerden. El hombre cuena cómo cuando solicitó su teléfono allá por los tempranos años 70' encontró que en la guía telefónica, aparte del suyo, aparecía otro Harvey Pekar. Esto le llamó poderosamente la atención pues defiende que se trata de un nombre bastante extraño el suyo. Nunca hubiera esperado encontrar otro Harvey Pekar viviendo en su misma ciudad. Luego de algún tiempo aparece otro más. Ahora eran tres Harveys, toda una revolución de palabras!!! De seguro nuestro personaje principal debe haberse sentido consolado.
Accidentalmente y por equivocación se enteró de la muerte de uno de ellos y pudo saber entonces que el fallecido era el padre del otro Harvey. Este segundo murió seis meses después... El personaje dice, aunque no puedo citar, sobre su sensación de haber tenido algún tipo de conexión con estos otros Harveys, conexión por el nombre, y esto lo conmociona hasta preguntarse angustiado que es esto de las palabras, a que responde un nombre, ¿qué es un nombre?

Segundo punto. La historieta de Pekar es de un estilo muy diferente al que se acostumbraba. No Superman, no Batman. Una historieta real, sobre una persona real que vive su vida real. Y en lo real, al parecer su nombre seguía volviendo allí.
Estas dos cuestiones van de la mano. Sabiendo que estás diluciones no están justificadas igualmente creo que vale la pena exponerlas. Pienso que la historieta, con su lenaje inconcluso, poético, es para ese sujeto algo que anuda, un anclaje de algo que pretendía escaparse o que quizás permanecía desatado desde siempre. Este hombre, tal vez de forma similar a la de que James Joyce, inventa para si un nuevo lenguaje, una nueva forma de historieta, una que le sirve a él, que lo acompaña. No lo hace por dinero, no lo hace por placer. Debería decir que lo hace porque es lo que puede hacer. Este es su delirio funcionando.
 
En otra escena el sujeto sobre su cama, solo, relata como ha soñado durante toda la noche que alguien dormía junto a él, "como lo que sienten esas personas a las que le han amputado un miembro, que creen que todavía lo tienen". Pero a este buen hombre no le falta una pierna, no le falta una mano o alguno de los dedos. Sin embargo algo ha sido amputado desde muy temprano, algo que no puede nombrar, o que nombra demasiadas veces sin darse cuenta. De forma muy gráfica, quizas sea eso, su nombre se vuelve esencial, la literalidad que puede resultar de un nombre propio al parecer genera en Pekar la angustia de quien a sido desterrado de su propio sustantivo identificador.

Tal vez Harvey Pekar sea la expresión renovada de que muchas veces la psicosis no necesariamente requiere un tratamiento para estabilizarse, tan solo un nombre. Harvey Pekar, el nombre del personaje en la historieta, pudo quizás ser pedido prestado a aquel de carne y hueso que todavía seguramente revisa las guías telefónicas en busca de alguna pista.

La frase del principio la dice Pekar a su esposa Joyce, entonces alguno puede pesquizar la cuestión. Pekar había tenido cáncer por lo que debió realizar un año de quimioterapia. El doctor llamaba para anunciarle que los resultados de los estudios habían dado negativos y estaba curado. En aquél momento y junto a su esposa publicaron una novela en forma de historieta relatando todo el proceso. Esto último fue idea de la mujer.


lunes, 22 de febrero de 2010

Del Uno

Menuda cuestión esta de la mirada,
menuda, con carne o sin carne,
pues lo que entra también llena el estomago.

Menuda cuestión esta de la escena,
y manuda también la intensidad de la contingencia,
aunque ella solo hable soledades.

Es que allí donde uno escuchó que lo nombraban,
allí el otro admiró los árboles,
allí donde para uno el silencio determinaba,
allí el otro necesitó estirar los brazos.

Hechos para no entendernos,
hechos para no amarnos,
¿y quién sabe cómo el corazón domina el cuerpo,
o si acaso hablan distintos idiomas?

¿Por qué suponer que algo habla?
Los mensajes lo acreditan.
¿Alguien alguna vez tradujo esas palabras?

Recae sobre el viajero el peso del equipaje,
cada paso será quizás un triunfo o una mentira,
mas nada corrobora nunca la veracidad del mapa.

En el lugar en el que las palabras se hacen humo,
allí donde la pregunta es sobre mí mismo,
allí busco los comandos y el código,
pero busco con el temor de quién sabe que allí tampoco hay nada más que lo que hubo siempre,
el desvanecer constante, la fría ilusión, la cálida mentira, el eco salvaje y camuflado.

Tan solo, palabras...


miércoles, 17 de febrero de 2010

Entretanto, justamente

Luego de haberme salteado un miércoles, no había nada para publicar, ya otra cosa se había escrito con gran éxito más allá de mi con consecuencias temporales de silencio, quiero dejarles una frase que me pareció excepcional y por lo menos acertada. Pertenece al personaje Lord Goring, partícipe de la obra "Un Marido Ideal" de Orcar Wilde:

"...en la vida práctica creo que el éxito, el verdadero éxito, lleva consigo algo que se parece un poco a la falta de escrúpulos; la ambición va unida a un no sé qué, siempre poco escrupuloso."

Querido eco, mis saludos




miércoles, 3 de febrero de 2010

La Buena Conducta

¿Cuál es la función de un psicólogo dentro de una sociedad?

Hoy me tocó pedir en la Central de Policía de Córdoba un Certificado de Antecedentes, también llamado Certificado de Buena Conducta, pues es uno de los requisitos del Colegio de Psicólogos antes de entregar la matrícula profesional.
Me preguntaba mientras hacia esa interminable fila y conversaba con mi fantástica compañía de que se trataba esta buena conducta que se le exigía al psicólogo. Sin saber como la charla retomo algunos temas frecuentes: lo difícil que es comenzar a ejercer, los gastos y trámites interminables que implica, la realidad para nada infrecuente de trabajar “sin todos los papeles”, las dudas y los miedos que esto despierta y por sobre todo la muy improbable posibilidad de solventarse a partir de la profesión en los primeros años.

El sistema se supone creado con el fin de proteger a los ciudadanos, exigiendo sus derechos y obligaciones. Es así por ejemplo que un colegio de psicólogos debe velar por el actuar ético (Código de Ética de la Provincia de Córdoba) de cada profesional y el bienestar de los pacientes. Este aval está representado, entre otras cosas, por la matricula que entrega.
Teniendo esto presente encuentro una primera distancia entre el ideal y la realidad, pues cualquier institución acarrea la conflictiva de los hombres que la componen. No hablemos de síntomas, pues el síntoma es subjetivo y único, pero pensemos en los problemas que surgen de todo conjunto humano. Entonces, nuevamente ¿cuál es la función de un psicólogo dentro de una sociedad? Y desde aquí otra pregunta: ¿es lo mismo para un psicoanalista?
Un psicólogo debe, a mi parecer, brindar el servicio de salud mental en las áreas que son de su competencia: educacional, social, sanitaria, criminológica o clínica. Debe estar atento a las normas legales y éticas que rigen su ejercicio. Así por ejemplo no puede nunca trabajar sin matrícula, debe entregar informes a sus pacientes cada vez que lo solicitan, estar atento a las cuestiones especiales que implica trabajar con niños, no atender a familiares hasta el segundo grado, etc. Es una persona atravesada de lleno por todas estas limitaciones que hacen a su buena conducta, la buena conducta definida y defendida por el sistema normativo social. Pues bien, en este caso un Certificado de Buena Conducta resulta un requisito absolutamente exigible a la hora de entregarle una matrícula que parece decir “avalamos a esta persona como profesional pues, además de estar capacitado por una institución reconocida, comparte y defiende los mismos principios normativos que nosotros”. ¿Quiénes “nosotros”?

Con el psicoanalista ocurre otra cosa. No escapa a estas normativas pues en nuestro país cualquier psicoanalista tiene antes el título público de licenciado en psicología o de psiquiatra. Hay excepciones.
Pese a ello la autorización del psicoanalista no viene de un colegio de psicólogos, tampoco de una escuela de psicoanalistas (la que en todo caso da fe del acto), sino de si mismos. Es otro tipo de ética, una que muchas veces es amoral. Digámosle “la ética del síntoma”, o mejor “la ética del goce”.
El trabajo del psicoanalista implica la interpelación del síntoma, pero también de la conflictiva institucional, sabiendo diferenciar pues no son lo mismo. La intervención ocurre sobre la repetición y el ruido que implica, el ruido que a veces los sujetos también pueden escuchar de tanto que se satisfacen en él. Esta intervención suele ser molesta y muchas veces puede implicar una conducta que desde los comités de ética científicos se entendería como maliciosa, tendenciosa y reprochable. Es que el psicoanalista trabaja con la forma en la que el sujeto se las arregla con la ley, pero una muy diferente de la que define el sistema de justicia estatal. Es al fin esta ley, la del sujeto único, la que lo rige. Entonces las herramientas van acorde a esta otra legislación, lo que por supuesto implica una tensión constante para con la otra ley, la social. Por ello el psicoanalista puede parecer un renegado, el malo de la película, pues no tratará de devolver al sujeto a la ley de los hombres sino mas bien de hacer escuchable este grito sintomático que revela la piedra que ha decidido cargar, la ley que gobierna en este estado-sujeto. El acto analítico es su arma terrorista.

Me preguntaba esta mañana si estaba bien que me dieran un certificado de buena conducta o si debería aclararles que si supieran jamás avalarían como buena conducta lo que un psicoanalista hace… Me imagino que de todas formas nadie hubiera escuchado.


miércoles, 27 de enero de 2010

Combina - sion

Hace algunos meses se cumplieron sesenta y cinco años desde que la Alemania de mitad de siglo XX intentase concretar la desaparición del pueblo judío. Entre cuatro y seis millones de desaparecidos -como si fuese pequeña la diferencia-, con un mecanismo mortífero perfectamente planificado. Para algunas cosas la humanidad suele ser muy ordenada.

El sábado pasado vi la primera media hora de una película en la que actúan unos muy jóvenes Tom Cruise y Nicole Kidman. No recuerdo el nombre del film aunque san google podría resolver este vacío rápidamente. El personaje principal es un joven irlandés (Cruise) laborioso de principios del mil ochocientos. En su primera escena aparece labrando tierra, tema recurrente que cae como sentencia cuando solo unos pocos minutos después el padre muere en sus brazos. Antes de fallecer dice a su hijo: ‘un hombre sin tierra no es nada’. Esto marcará la vida del joven que hará todo lo humanamente posible por cumplir el mandato del padre.

Ayer, viajando en colectivo de regreso a mi casa recordaba la frase del padre. Frente a mis ojos transcurrian los edificios de la calle Maipu. Miraba e imaginaba dentro a cordobeses viviendo en departamentos pequeños, alguien arriba de alguien, otro alguien debajo de alguien, entre rejas, abrumados quizás por el ruido ensordecedor proveniente de la calle... Ellos no tenían tierra, esa tierra negra en la que crece el pasto, esa que está llena de hormiguitas rojas que cuando llueve despide el aroma más bello del mundo: olor a vida. Quizás tuvieran el sentido del olfato muerto. Me pareció entender porque la frase se había modificado con los años hasta convertirse en algo así como ‘un hombre sin techo no es nada’. Una pena, la limitación del padre ahora se revela con toda su violencia.

Cuando el holocausto comenzó, a los judíos los enterraban en fosas comunes. Eran desterrados primero y luego devueltos a la tierra de la forma más horrible. Pero eso era al principio. Luego comenzaron a quemarlos, quizás porque no había tierra para todos o para evitar dejar a Alemania y sus aliados como un queso Gruyere, o quizás porque darle tierra a esos condenados era demasiado benevolente.

El pueblo judío se quedó sin tierra a tal punto que luego de terminado el horror salieron ellos mismos a enguerrarse con medio mundo para ganarse su espacio sin el cual no serían nada.

Al ver a los cordobeses pienso en los judíos prisioneros en guetos grises que soportan el mandato de un padre terrible y cuyo destino era el fuego, prisioneros en sus lugares sin tierra pero con techo. Ya no se trata de crecer sino del límite que una sociedad tan naturalmente ha aceptado. Seguramente esto no es marca registrada de mi ciudad, pero eso lo hace tan solo mas terrible. El mundo entero esta de acuerdo. Es que para algunas cosas el humano es tan ordenado…

 


miércoles, 20 de enero de 2010

Fin de Año en Cuzco

Hoy me relataron una experiencia que quiero compartir. Un amigo recién llegado de Perú, país en el que estuvo de paso algunos días mientras vacacionaba contó lo que vivió durante el festejo de fin de año, o año nuevo.

En la ciudad de Cuzco, más concretamente en su plaza central, se repite año a año una costumbre que aúna a propios y extraños por igual, turistas, vecinos y todo aquel dispuesto a compartir la tradición.
El festejo comienza temprano. Según mi testigo narrador desde las siete de la tarde la multitud comienza a reunirse en el espacio que preside la catedral de la Virgen de Asunción para de a poco ir tomando fuerza la fiesta que culminará pasadas las ocho de la mañana del primer día del nuevo año.
La celebración no se rige por la hora como en Córdoba, y ya mucho antes el tumulto de caminantes hace resonar su voz confusa sin mensaje, entrando y saliendo de los bares y negocios que rodean la plaza, bailando con la música que proviene de quién sabe donde, bebiendo en la calle misma, reconociéndose los extraños y extranjeros como tales, abrazándose las personas como si desde siempre hubieran compartido la vida y la historia. El alcohol, lubricante social por excelencia, ayuda y deprava poco a poco esta congregación que minuto a minuto se vuelve más colorida, sonora y masiva.
Llegada la hora del cambio de año llega también la hora de esta tradición propia del lugar y que todos los presentes acatan como suya. Consiste la misma en dar doce vueltas a la plaza, una por cada mes del año. Desconocía el relator si había además algún tipo de plegaria o rito secreto, sólo contaba como la gente caminaba alrededor de aquella plaza no mucho mas grande que nuestra querida San Martín.
Me llamaron la atención algunos detalles. Por un lado el poco o escaso control policial -y estatal en general- que mi amigo observó. Por otro, que la procesión juntaba una cantidad de personas que lo dejó asombrado. Pero he aquí un elemento más, pues no solo se trataba de grupo muy numeroso, sino casi de una horda al borde del descontrol. Quizás fuera por el alcohol, quizás fuera por la fecha festejada, o quizás por algo propio de todo sujeto masificado, pero ese ejército desorganizado no frenaba ni atendía caídos. El que perdía el ritmo o frenaba adrede era devorado por el resto sin lugar a tregua, casi como si se tratase de una corrida de toros en Pamplona. Incluso sucedía que los que se encontraban dentro de la plaza, los que habían decidido no hacer el recorrido, disparaban contra los caminantes fuegos artificiales, sobras de las botellas y quien sabe que más. Tal era el salvajismo aparente que, sin dejar de lado razones personales de quien narraba, este no pudo completar ni siquiera una vuelta a la plaza.


¿Salvajismo? El relato me hizo recordar sin dificultad lo que Freud escribió acerca del festejo que cada tanto los hermanos parricidas hacían para conmemorar al padre asesinado, liberar los impulsos mas sádicos y volver a devorarlo en el ritual. Sin dejar de insistir en el valor metafórico de aquel desarrollo, no es del todo falaz pienso, suponer que en Cuzco cada fin de año se dan doce vueltas a la plaza, una por cada mes del año entrante –o quizás del saliente- con la esperanza impensada previamente de devorar a los caídos y dar lugar a las depravaciones que tanto horror pueden despertar en cualquier otro momento.
Entiendo entonces que no se hayan observado ritos o plegarias. No eran fundamentales ni necesarios, lo único impostergable era la liberación de esa energía delirante. Son doce vueltas pero podrían haber sido treinta o cinco. Intuyo que el número se decidió en el momento en el que la justificó la cantidad de totems incinerados bajo los pies de los omnubilados caminantes, desfigurada a su vez por el disfraz de una cifra figurativa y conveniente.
El festejo continúa y las lagunas amnésicas toman cada vez más protagonismo en la noche. El narrador termina la historia confesando que fue para él la experiencia de fin de año más inolvidable de su vida, y que de paso no recuerda como volvió a su hotel.




Plaza de Cuzco - Fin de año 2010



miércoles, 13 de enero de 2010

Aquí y ahora

No creas todo lo que leés,
yo no creo todo lo que leo,
en tus ojos,
en el iris de tus ojos y los mios hay mas verdad que en todas las palabras.

Dame la libertad de amarte,
quizás puedas dejar de encontrar razones para odiarme
hasta darte cuenta de que nunca vas a poder sentir algo así por mi.

Tan sincero puede ser el corazón,
pero tanto cuesta escucharlo,
tanto miedo, tanto dolor,
que se oscurecen las nubes que antes nos daban la lluvia cálida de primavera.

El amor es egoismo,
el amor es humano y el humano es egoismo,
pero deberías saber que ese egoismo puede salvarte,
hacerte mas sujeto, siempre y cuando no esperes revelaciones.

Te hice bien, me hiciste bien,
todavía puedo hacerte bien, todavía me haces bien
podés hablar o perderte en un bosque
allí está mi abrazo,
aquí están mis ganas todavía.

A veces algo de lo que se escribe es verdad,
mis ojos no van a mentir cuando me preguntes.



lunes, 11 de enero de 2010

Frenético ahogo

Me da la sensación de que el escritor solo puede escribir sobre "si mismo", narrarse de forma oblicua, desconociendo el mensaje que acarrean sus palabras, la tiranía que ejerce su discurso por sobre la voluntad.
Me da la sensación así también de que todo autor escribe siempre lo mismo. Ese "sí mismo" queda reducido a un rasgo nunca dicho, a la batuta que marca el ritmo pero nunca suena más que al cortar el aire. Sobre eso se escribe, siempre queriendo poder decir algo sobre como se mueve la batuta, esa que se mueve sin director de orquesta.

El que escribe quizás esté tan enamorado de si que no deja de escribirse, implicando necesariamente conciencia del acto, un sujeto de la razón. Arrojaría algo de luz -me parece- sobre esta inquisición, si pensamos lo escrito como una solución autoerotica que solo a veces revela su funcion a la conciencia.
Hay una sensación de vacío y al mismo tiempo un empuje voluntarioso -no del todo decidido- a que algo se escriba, pues el que escribe sabe que hay placer en esta extraña costumbre, un vaciamiento que lo tranquiliza meciéndolo lentamente, aunque no siempre. La satisfacción no se da cuando las letras no fluyen accidentadas. Cuando no se trata de un encuentro inesperado, cuando no hay angustia demarcadora, entonces no hay verdad posible y todo es verso.
Quedan las manchas en el papel, quedan las páginas arrancadas, la mano moviéndose frenéticamente en busca de lograr que la lapicera dibuje justo sobre la línea del mensaje que el blanco fondo ya contiene, y la desesperación, no volver a leer las palabras o el reencuentro luego de algún tiempo, accidental y nuevamente amoroso.
Por eso lo que se escriba será amoral si se lo lee más de una vez, o si se lo lee alguna vez. Escribir y leer son cosas muy diferentes, ya hay en la segunda un trabajo de reescritura y esto el escritor lo sabe bien pues es autor de un texto que existirá solo en el momento preciso en el que fue dejado sobre el papel.


jueves, 7 de enero de 2010

El papel debajo del asiento


Inesperadamente noto lo poco que aprovecho el dìa,
y es que he sido quizás un poco egoista con la luz,
o con la noche demasiado generoso.


Al final, solo recuerdo un poco más y olvido casi todo.
Al final me quedan las ganas de que las ganas vuelvan y el tiempo pase más rápido.


Un poco más de lo mismo y todos muertos de aburrimiento,
que cante el que de verdad llega a los tonos.



sábado, 10 de octubre de 2009

Miró hacia el Cielo


Se durmió  y se quedó sin voz
miró hacia el cielo ya sin ojos
suspiros silenciosos en su pecho
decian despacito que estaba solo

Las manos embarradas de dios
quieren cargarlo
se ilusionan con tocarlo

Ese camino no tenía luz
quién se animaría a cruzarlo
doce estrofas en una canción
y empujoncitos de dinosaurio

Lo llevaron hacia un sol y un mar
que se vuelan, que se vuelan

Ilusiones de un farsante
que terminan en caidas
sobre todas las alturas
cuesta dejar de esperarte
cuesta dejar de esperarte


Los suspiros de su corazón
imitando dos latidos
agitados por el caminar
y por las huellas viejas del camino
las recorre con su mente
las repite en su delirio

Ilusiones de un farsante
que concluyen en caidas
sobre todas las alturas
cuesta dejar de esperarte
cuesta dejar de esperarte




 

domingo, 10 de mayo de 2009

Uno y el Silencio

Recuerda entonces que en sus últimos segundos despierto había podido sentir el aroma de su propia piel impregnando en la almohada. Sabía que se dormiría y que la noche pasaría como si fuera inexistente.



Durante el día le había ocurrido lo mas extraño. Estaba esperando el colectivo en la plaza principal de la ciudad, eran las ocho y media de la noche, un perfecto domingo otoñal sin viento y con unos veinte grados que permitían sin problema caminar por la calle con tan solo una remera y un suéter fino en la mano por si refrescaba.
Al frente de la parada había un teatro. Hay un teatro en realidad, pero como decía Heráclito, “no puedes bañarte dos veces en el mismo río”, y entonces se supone que el teatro de ahora no es el mismo teatro de esa noche… En fin.
Miraba la cartelera desde la vereda del frente y algo lo sedujo por lo que cruzó la calle. Lo que creyó ver ya no estaba ahí, o había tomado otra forma. No había nada interesante y los precios tampoco estaban a su alcance. Una pena, aunque en realidad el teatro no era enteramente de su gusto.  
De forma desprevenida, punzante, sintió una presión en la boca del estomago y un soplo de brisa le hizo sentir escalofríos, como cuando en la piel del brazo se dibujan esos puntitos blanco, "piel de gallina" le dicen los viejos. Dió media vuelta con la intención de volver a la parada y entonces ocurrió lo más inesperado. Todo estaba quieto, silencio absoluto y una quietud terrorífica. No estaba alucinando ni tampoco la quietud era real, pero en una de las calles más transitadas de la ciudad, esa en la que hacia tan solo segundos estaban el tumulto insoportable, de repente había paz. No, no exactamente paz, sino más bien el silencio que anteceden al huracán, ese vacío en la atmósfera que es el resultado de que en otro lado se esta concentrando una fuerza titánica y destructiva.
Se quedó entonces allí, sobre el cordón de la vereda, estupefacto, congelado y expectante. En su pecho el corazón latía rápido y con gran sonorizad, siendo el único movimiento que marcaba en aquel momento de duda y silencio una diferencia.
Notó en su piel y en su garganta que una sensación muy extraña tomaba posesión de su cuerpo. No era el terror torpe de la persecución ni la vergüenza sonrojante del tropiezo. Era una sensación de autoreferencia y cavilación al mismo tiempo, como cuando un desconocido saluda en la dirección en la que uno se encuentra. ¿Es a mi a quien saluda? ¿Lo saldo? Sentía que el destino, su destino, estaba por expresarse. Era una ilusión magnífica y casi religiosa, como si algún dios le hablase y lo señalara con su enorme dedo. Lo enloquecerían esas palabras divinas, quedaría sordo y afónico como para gritar y pedir ayuda, o para repetir en el idioma de los hombres aquel terrible mensaje. Esas palabras marcarían un antes y un después, un “desde ahora…”
Miraba los grandes, enormes árboles, plátanos la mayoría, sus hojas inmóviles, la gente sobre la vereda del frente. Algunos lo miraban, o todos tal vez, si, todos, todos lo miraban como esperando algo. Recordó la escena de la película Vanilla Sky en la que David ordena incrédulo a la gente de un bar que se calle y estos obedecen inmediatamente y lo miran.
“Cállense!!!” pensó, y se rió, se rió por dentro. Recordó que el no creía en estas cosas. Algo le hablaba, sin dudas, pero no era un dios ni ninguna fuerza misteriosa y escondida. En un sistema de repeticiones como el de la vida, el destino se expresaría como lo que se sale de la cadena, como el eslabón que se corta. El destino como eso que de forma inentendible marca un quiebre imprevisto, que deja sin palabras, que saca del discurso, que te ahoga en el silencio del grito.

El motor estaba parado, como en pausa. Pero fue una decisión, un no aceptar esa sensación, no querer lidiar con ese destino y al mismo tiempo reconocerse salibando la situación. Tan sólo así el motor volvió a funcionar. Los autos aparecieron desde el fondo de la calle, la gente siguió caminando, y las hojas volvieron a moverse con la suave brisa de la noche.
Cruzó la calle y se sentó en un banco a esperar su colectivo. Cada tanto tenía la sensación de estar viviendo esos minutos siguientes como un disco rallado. Todavía su sistema de lectura no lograba decodificar el entorno y por eso volvía sobre cada detalle una y otra vez para cerciorarse de la continuidad, de que más allá de Heráclito, aquél árbol no solo continuaba allí, sino que con la misma forma y color.
Su colectivo llegó. El destino ya no estaba allí, ya no lo señalaba ningún dios. El impás quedó atrás y la púa de su tocadiscos mental pudo volver a leer la realidad como siempre. Quedaba el recuerdo de lo inexplicable y la angustia que cada tanto lo acusaba de no haber querido hacerse cargo, de mirar hacia otro lado. Su vida, toda su vida, el eslabón roto representando a todos los otros, y todo había estado condensado allí, en ese ínfimo momento. ¿Había sido así? ¿O acaso habia podido leer entre las líneas lo que aquel dios no queria mostrarle? Hay querido Pavlov!


Ya se alejaban el colectivo y él, sentado en una de las tantas butacas vacías miraba el suelo. Afuera se sublevaba nuevamente el universo entero en contra de la imposible armonía y todo volvía a la normalidad.




miércoles, 7 de enero de 2009

Una Canción de Amor

Román fue el primero en bajar del auto. Llevaba el traje que dos meses atrás había comprado para su nuevo trabajo y que finalmente nunca vistió. Al probárselo frente al espejo de su habitación ya no sintió lo mismo que en el local. Era simplemente demasiado frío. Igualmente se lo quedó.




Abrió la puerta trasera de su mismo lado y se acercó al asiento interior con el brazo extendido. Una mano envejecida salió lentamente para tomarse de aquel ofrecimiento.



-Gracias m´hijito- le dijo Matilde con voz algo temblorosa, mientras Román sentía que algo en el pecho presionaba hacia adentro.



-De nada Matilde, no queremos que se caiga justo hoy...



Ella sonrió silenciosa y lo miro a través de las gruesas gafas. Los ojos se le iluminaron por un segundo.



Otros dos autos habían estacionado detrás de ellos y algunas personas estaban esperando ya en la acera, todos de negro. Adelante, un largo y brilloso carro fúnebre dejaba entrever el ataúd y una corona de flores lilas que la comisión de jubilados del barrio había enviado con sus condolencias.



La puerta principal del cementerio estaba abierta de par en par. Desde allí continuaron la procesión a pie. Acompañaban el cura del barrio, el padre Simón, que los esperaba desde hacia diez minutos, luego Matilde tomada del brazo de Román y por detrás las personas que se habían bajado de los otros dos autos.



Los que iban atrás eran los dos hijos de Matilde, Manuel y Héctor, con sus respectivas familias. Manuel era el más grande, seis años mayor, comerciante acomodado. Héctor era escritor aunque trabajaba en un banco. Hacía ya casi seis años que no publicaba nada. En cuanto a los nietos... digamos simplemente que no habían nacido en una época que reconociese la importancia de la relación entre abuelos y nietos como importante.



Román trabajaba como pasante en un estudio contable del centro de la ciudad, aunque seguía viviendo en la casa que lo vio nacer, la que está al lado de la de Matilde.



Cuando el más joven de sus hijos dejó el hogar, Román, que debía contar con tan solo cinco años, se convirtió en el mimado de Matilde. Su madre, Rita, viuda desde hacía varios años, era la dueña del mercadito de la cuadra y lo atendía personalmente. Muy lejos estaba la posibilidad de pagar un empleado por lo que el niño se la pasaba jugando en la calle o solo en la casa, lo que generó que Matilde ejerciese un cuidado silencioso, a la distancia. Pero de a poco ese silencio se convirtió en una casa llena de ruidos y la distancia se redujo a la de la palabra. Rita estaba agradecida dado que muchas veces era Matilde la que se encargaba de darle de comer o de que hiciera las tareas. A cambio recibía los mejores descuentos en el almacén, aunque lo hubiera hecho igual sin los descuentos. Se sentía sola, nada más y Román era la mejor compañía. Más hijo y más nieto que cualquiera de los que venía atrás en esa procesión.



El esposo de Matilde, Pedro, nunca había sido muy hablador. Por el contrario, era un hombre seco al que le gustaba comer mucho y dormir bien. Un buen hombre, muy trabajador aunque algo tosco. Hubo incluso una ocasión durante los primeros años de matrimonio en que le levantó la mano a Matilde. Eran tiempos difíciles y eran jóvenes. En medio de una aturdida discusión generada por el hambre prefirió descargarse contra el rostro de su mujer en vez de llorar la enorme frustración y cansancio que sentía. Una cachetada fue suficiente. El horror y la desilusión habían explotado en sus caras con suficiente ruido como para nunca perdonarse a si mismo por lo que había hecho. Sabía que algo se había perdido para siempre en aquel momento.



Fue la necesidad lo que llevó a Matilde a comenzar a trabajar, incluso frente a la oposición de Pedro. Pero pronto se dio cuenta de que el trabajo no solo le redituaba dinero sino también independencia. Trabajaba desde la casa, cociendo y cocinando. Preparaba las viandas de los obreros de la cuadra y los ancianos solitarios y olvidados que ya no podían o querían cuidar de si.



Enseguida le fue bien. Tenía para la cocina la mano que solo tienen las mujeres que no le temen a unos kilitos de más y que hasta de la sopa pueden hacer un plato delicioso. Para Matilde hasta la merienda requería una dedicación tan especial como el almuerzo o la cena.



Al poco tiempo de comenzar ya ganaba buen dinero y podía no solo aportar a los gastos de la casa sino también ahorrar algunos billetes que ocultaba secretamente en el respaldar de la cama matrimonial. Una vez llegó a juntar lo suficiente para comprar una heladera General Motors nueva, una verdadera joya. Cuando Pedro volvió a la casa casi se muere del infarto, pero sobrevivió con una gran sonrisa. Esa noche hicieron el amor durante horas y fueron felices, como pudiendo minimizar esa distancia insoportable que los mantenía juntos







La procesión en el cementerio seguía su camino hacia el edificio de tres pisos que se veía al final del camino y que debía estar a unos setenta metros. Allí sería el saludo final. Nadie lloraba, no era una familia de llantos ni palabras.



-Es un hermoso día ¿no te parece querido?



-Así es Matilde. No podía ser de otra forma.- respondió Román – ¿lleva todo lo que necesita?



-Así es Román, y cuanto menos palabras mejor ¿entendido?



-Si, no se preocupe, no creo que nadie se anime a decir mucho.



No hablaron más por el resto del camino.



La caminata concluyó junto a una lápida que esperaba abierta. En el lugar no había lujo pero era limpio y el mármol negro generaba la fantasía de una vida de elegancia. El hueco, que estaba a un metro y medio del suelo, parecía una boca que tragaba todo y esperaba a ser alimentada. El cajón se encontraba a la misma altura sobre una pequeña mesita de metal y que luego, mediante un simple mecanismo, permitiría depositarlo en aquél agujero negro.



El Padre Simón estaba leyendo unas palabras mientras Matilde comenzó a saludar uno por uno a los presentes. Nadie lloraba y cada saludo era casi cordial, temeroso.



Román quedó último. Un beso en cada mejilla y un abrazo infinito. Sin darse cuenta dejó escapar una lágrima aunque pudo notar la mirada atenta, incomprensiva y celosa del resto. Matilde lo beso con mucho cariño, muy suavemente, y le susurró algo al oído muy bajito. Luego dió media vuelta y caminó hacia una escalerilla que habían colocado junto al ataúd. Subió despacio, siempre ayudada por Román y se recostó dentro del féretro que abierto completamente mostraba su interior vacío. Cerró los ojos unos segundos, muy fuerte, y suspiró.



-¿Está bien así?- preguntó Román



-¡Perfecto! Es más cómodo hoy que cuando lo probamos. Cuidate cariño, ya lo sabés, y ahora ¡¡atrás!!



Román retrocedió tres pasos mientras veía con ojos húmedos como el mueble de madera oscuro era cerrado por el personal del cementerio y luego introducido en aquella boca hambrienta. Matilde ya no estaba, no existía.



Salieron todos del predio mortuorio y cada uno tomo rumbos distintos luego de despedirse a la distancia. Román caminó hacia el kiosco que quedaba enfrente y compró puchos. Mientras prendía uno pensaba en las palabras de Matilde. El sol brillaba arriba. Eran apenas las once y quedaba todo el domingo por delante. Eso lo llenó de energía para dar los primeros pasos que lo llevarían hasta su casa, acompañando la breve caminata con el silbido suave de una canción que solía tararear su madre mientras limpiaba el local.



Ese traje definitivamente era demasiado formal, demasiado negro, casi despiadado. No podía esperar a llegar a casa para quitárselo.


sábado, 3 de enero de 2009

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Saludos

lunes, 6 de agosto de 1979

Desde Afuera

Por la ventana se colaba la luz de la calle, un resplandor azulino y ruidoso. Hasta el séptimo piso de aquel viejo hotel el murmullo externo llegaba con sorprendente claridad. Debían ser las tres de la mañana y la ciudad estaba despierta, excitada, borracha de olvido.
Habían entrado al edificio escapando de la lluvia que algunos truenos anunciaban, justo cuando de la forma mas oportuna apareció abierta aquella gran puerta de hotel hecha de madera. Probablemente el edificio debía tener unos setenta u ochenta años, quizas más. El piso era de un parquet viejo y gastado, con manchones desparramados por doquier, luces amarillentas y tristes y una sala de descanso con algunos sillones de terciopelo rojo, gastados y rotos.
En la recepción había un anciano de pelos enredados y grises, vestido con un uniforme que repetía el color de los sillones de la sala, y que sin dudas pudo haber visto con ojos de niño la construcción de aquella vieja mole. Allí estaba, firme como soldado aguardando al primer grito de guerra, esperando a los contingentes pernoctantes que cruzaran aquella puerta. Daba la sensación de que no había visto demasiados esa noche.
Se acercaron y les señaló inmediatamente un cartelito que indicaba su ausencia de voz al mismo tiempo que descubría en su garganta un pequeño agujerito por el que respiraba. Pese a esto él no sintió impaciencia ni temor, lo que en otras ocasiones hubiera sido su normal reacción. El arrugado conserje se comunicó con señas mostrando los precios de las distintas habitaciones en una cartilla impresa y pegada sobre la mesa de la recepción. Nadie dijo una sola palabra. Él extendió el dinero que equivalía a una habitación con cama matrimonial y el viejo le entrego una llave de bronce opaco.
Las palabras no habían sido las principales invitadas a aquella velada llena de sombras. Cuando ella se le había acercado unas horas antes no dijo nada y él había sentido que algo instintivo lo obligaba a seguir el juego y callar. En aquél momento su corazón latía muy fuerte y durante esas horas de encuentro, los cuerpos distantes se encargaron de toda la comunicación. Ya en la habitación el ruido llenaba un vacío que no hubiera sido para nada incómodo. Esos ojos lo hipnotizaron, lo atraparon eternizándolo en el instante. La mirada se había combinado con los movimientos generando un ambiente místico, un ritual que desconocía pero recordaba, una sensación implosiva y arrebatada. Había perdido noción del tiempo, de la compañía, de los sonidos y los aromas. Tan solo esa presencia, esa mirada... tenía la certeza de que era por él, para él que estaba ella ahí, que existía, como si la hubiera estado esperando desde el principio.
En aquella habitación había una cama, ubicada sobre una de las puntas, un placard viejo y oscuro sobre la otra, y una pequeña mesa de luz sin velador. Una brisa primaveral silbaba suavemente dando al lugar un aspecto fantasmático. Era un rectángulo bastante amplio en el que los muebles lograban resaltar el espacio vacío. Las paredes desnudas parecían ser celestes y una puerta ventana que daba a la calle era lo único que se recortaba en la que daba a la calle. Tenía postigones de madera pintados de gris y abiertos que revelaban un pequeñísimo bacón exterior. En el interior dos cortinas blancas respiraban con la brisa y dibujaban en el aire extrañas figuras, como si estuvieran entrando a través de ellas las almas de los que habían visitado aquella habitación a lo largo de los años.
Ya adentro de la habitación se quedaron parados entre la cama y la puerta, a la distancia de un suspiro uno del otro, rodeados por la oscuridad a la que los ojos no se acostumbraban. Ella levantó su mano acercándosela al pecho y lo alejó sin llegar tocarlo. Él obedeció al instante, naturalmente, y aunque los ruidos del exterior parecían venir de la habitación de al lado, él no escuchaba nada. Tenía la mente casi en blanco y la sensación silenciosa de saber exactamente qué hacer. Sus piernas retrocedieron hasta tocar con la espalda el placar. Sobre la figura de aquella extraña se posaba la luz blanca que entraba por el ventanal mientras el miraba oculto desde el extremo más oscuro la habitación.
Ella comenzó a desabrochar su blusa color crema, pero se detuvo antes de desprender el primer botón. En su rostro el gesto era demasiado claro. Enseguida comenzó él también a quitarse la ropa, pero sin apresurarse, siguiendo el tempo de aquellos movimientos perfectos, imitando cada dibujo en el aire. No sentía vergüenza. Era todo muy simple, una comunión absoluta y de absoluto silencio.
El haz de luz blanco chocaba contra su bello cuerpo reflejando el dibujo de las cortinas que se movían y casi la rozaban generando un halo angelical tenso a su alrededor. Era un espíritu, uno que había llegado a la tierra escapando de alguna fuerza terrible e invisible. Pero él no pensaba estas cosas, no había palabras en su mente, tan solo sensaciones y claridad, algo que fluía a través de sí hablándole en el dialecto de los ríos de sangre. Miraba esos senos y podía percibirlos en su boca, el sabor de la piel, entre sus manos la textura, contra su pecho, suaves, calidos.
Ya desnudos se acercaron a la cama, lentamente, uno por cada costado, cauteloso él, como recibiendo las ordenes de aquel espíritu fugitivo. Abordaron el colchón como gatos al acecho, quedando arrodillados uno frente al otro, a tan solo centímetros. Sus cuerpos sin ropa sobre la cama de sabanas blancas parecían confusas manchas celestes en el fondo de un cuadro vivo, fieras salvajes a punto de cazar.
Se cruzaron y fue eterno, al mismo tiempo silencioso y explosivo. Con un abrazo ella lo envolvió, utilizando todo su cuerpo. Él hizo lo mismo con excesiva fuerza, aunque sabía que no podía hacerle daño. Había algo que reconocía en ella, algo tan indecible, tan impensable.
Como si la tierra misma estuviera pendiente de ellos el viento comenzó a soplar con ferocidad. El ruido era espectacularmente potente, abrumador. El cielo se iluminaba con enormes explosiones blancas al ser surcado por la luz de grandes rayos. El tiempo se aceleró y la realidad se perdió entre aquellas sabanas. Ella lo soltó y él comenzó a besarla desesperadamente, como queriendo devorarla. Mantenía los ojos cerrados con fuerza mientras sus labios surcaban frenéticos aquella piel. Los brazos, los labios, las piernas y las axilas; la frente, los ojos, el sexo, los cabellos, la espalda, las pantorrillas, los pies, los codos, el cuello, las orejas, el rostro. Iba y venía, sin mirar, guiándose con sus manos, con su lengua y sus labios. Cada vez más excitado, cada vez más abstraído y ciego.
De repente una sensación eléctrica e incontrolable de terror tomó posesión de su mente y lo paralizó. Afuera una explosión sonora, descomunal e insoportable ocupó todo el espacio. Entonces abrió sus ojos. Tuvo que hacerlo. Sabía que debía abrirlos.
Las cortinas se detuvieron en el aire, su respiración se cortó, los ruidos se callaron y las sombras desaparecieron. Su rostro se desfiguró y de su boca, como partiendo el mundo en dos, salió un grito afónico y desesperado mientras el cuerpo todo saltaba hacia atrás cayendo al suelo con un golpe seco contra el piso de madera. Retrocedió sobre su trasero con movimientos descoordinados y veloces hasta chocar contra el placar en el lado oscuro de la habitación.
Allí sobre la cama había quedado aquella otra presencia, ese otro cuerpo, el que había entrado con él a la habitación, la bella figura que se había desnudado delante de su mirada... Pero no, ya no, ya no era ese cuerpo, ya no era esa misma figura. Él brazo de aquel espíritu era mas grande, su color algo mas oscuro y lo cubrían vellos. Lo mismo ocurría con las piernas y el abdomen. En el pecho ya no se encontraban aquellos hermosos senos que antes había tocado con la mirada y luego con la boca. Ocupaban su lugar dos pectorales firmes y cuadrados, cubiertos de abundante pelo negro. Y el rostro... el rostro... oh dios mío, aquel rostro... no podía ser, no era posible… nada de esto era posible, pero aquel rostro... era el suyo, era él, sus ojos claros, su boca de rasgos finos, su nariz pequeña, su mentón cubierto con la fina barba de sólo dos días, su cabello castaño con claros rubios... El estaba allí, sobre esa cama, mirándolo con la expresión de quien no está, de quien no ha sentido nada... Solo la mirada, clavada en el fondo de sus ojos, inamovible...
Pero algo más… La piel se le tensó en un escalofrío que cruzó su espalda desnuda. No era solo su rostro el que estaba allí sobre la cama... todo ese cuerpo era suyo... sus piernas, su abdomen, sus brazos... En un instante había configurado la unidad de lo que antes miraba separadamente y de sus ojos cayeron rápidamente dos lágrimas alucinadas. Su mente ya no tenía asidero. Sentía que caía en un abismo del que no lograba ver el fondo y fue entonces cuando notó aquella diferencia, aquella que era suficiente. En ese que era su cuerpo, su rostro, él mismo, había algo distinto. Entre sus piernas, allí donde lo masculino debía aparecer, no había nada. En aquel triangulo oscuro de vello púbico seguía habiendo una mujer.
Su boca se secó completamente. Sus músculos se durmieron y dejaron de reaccionar. Su corazón, el que estaba sobre el lado oscuro de la habitación, convertido en piedra cesó en sus latidos. En ese momento la luz se apoderó de aquella habitación con la fuerza del sol haciendo desaparecer todo. Cerró los ojos con mayor fuerza, pero pudo ver sin ellos como una gran maza sin forma, etérea, infinita y luminosa se alejaba de él, lo abandonaba despedazándolo y empujándolo al silencioso sinsentido de quien ya no siente el suelo bajo sus pies.



Un breve texto

Creé este espacio por razones banales y egoístas, privadas en tanto desconocidas y también ocultas.

Iré publicando en La Letra e Interminables lo que en palabras salga de mis entrañas, también algunos textos viejos y en definitiva lo que me plazca, dejando en el lector la responsabilidad -si la acepta- de tomar o no cada texto para defenestrarlo, hacerlo memorable o simplemente omitirlo.

La banalidad de la publicación espero no me haga lidiar con el reconocimiento, más bien busca la redención en una ética del comentario que posibilite luego -o ya desde antes- un encuentro de dos, que sin mostrarse ningún respeto pueden lanzarse palabras sin el menor miedo a herirse el rostro, el propio por supuesto.

Se trata en definitiva de hacer -y deshacer- con lo poco que tengo al alcance de mi mano.

Salud

Carlos G. Picco